CULTIVOS CUBIERTA

Introducción

Cada vez es más común que los agricultores tomen la decisión de cubrir el suelo, al contrario de lo que se venía haciendo tradicionalmente, manteniéndolo libre de cualquier tipo de vegetación, ya fuese entre dos cultivos de una misma rotación o en los pasillos que quedan libres en cultivos como los leñosos. Aunque pueda pensarse que se trata de un manejo muy novedoso, ya se empleaba antiguamente en China e incluso se llevó a cabo en la península durante la época de los romanos y continuó llevándose a la práctica, de forma generalizada, hasta el siglo XX. Sin embargo, la aparición de los fertilizantes y los fitosanitarios en el campo provocó un cambio en la mentalidad de los agricultores, puesto que se extendió la estampa de un suelo completamente desnudo, siendo esta la principal estrategia para la eliminación y control de malas hierbas, lo cual resultaba, técnicamente, útil para regular las pérdidas de agua y nutrientes del suelo, puesto que permite una mayor acumulación de agua y nutrientes en el suelo, que deberían ser aprovechados por el cultivo siguiente. Si bien es cierto que este laboreo sistematizado trajo asociado, en un primer momento, grandes rendimientos, dejaron de tenerse en cuenta las ventajas de mantener el suelo cubierto, principalmente en zonas donde los cultivos de verano tienen un peso importante. En estos casos, una vez finalizada la cosecha, el suelo queda desnudo durante largos periodos de tiempo, concretamente desde el otoño hasta el inicio de la primavera, que coincide con las épocas en las cuales, por norma general, se dan mayores precipitaciones. Por este motivo las pérdidas de suelo y nutrientes pueden ser críticas tanto para el agricultor como para el medio ambiente, dándose lavado de sales, productos fitosanitarios e incluso nutrientes, lo que conlleva además una contaminación del agua de los acuíferos.

Los cultivos cubierta, también conocidos con el nombre de cultivos intercalares, son aquellos que se introducen en los sistemas de rotaciones con el fin de mejorar la sostenibilidad del sistema, es decir, no se trata de cultivos que se implanten con el fin de obtener un beneficio económico o un aumento de la producción.

Tipos

Dentro de los cultivos cubierta se puede hacer una clasificación entre:

  • Cultivos de cobertura: cuya finalidad principal es garantizar un control del proceso de erosión del suelo. Se emplean principalmente en taludes o cubriendo calles en cultivos leñosos. Su implantación ha sido exitosa en olivares y viñedos.
  • Abonos verdes: se realizan con el fin de garantizar un aporte de nutrientes y materia orgánica al cultivo principal, mediante la incorporación del residuo vegetal al suelo. Las especies más empleadas son las leguminosas, debido a su capacidad para fijar el nitrógeno atmosférico.
  • Cultivos captura: retienen ciertos elementos del suelo en la biomasa vegetal. Se usan, generalmente, para evitar el lavado de nitratos a capas internas del suelo o con el fin de absorber metales pesados y otros compuestos orgánicos presentes en la composición de los fitosanitarios y que pueden llegar a contaminar agua y suelo.

Fertilidad y estructura del suelo

La mejora de la fertilidad del suelo se logra gracias al aporte de materia orgánica y a la reducción de la pérdida de nutrientes del sistema. Esto se debe a que los cultivos absorben los nutrientes por las raíces y cuando llegan al proceso de descomposición estos nutrientes vuelven al suelo, favoreciendo así la recirculación de los nutrientes. Permite además absorber los nutrientes de todo el perfil del suelo si se implantan cultivos con raíces profundas que logan así liberarlos de nuevo, pero esta vez en las partes más superficiales del perfil, garantizando su disponibilidad. Además, en el caso de las leguminosas, anteriormente mencionadas, se realiza un aporte extra de nitrógeno, gracias a su capacidad de fijación de nitrógeno atmosférico. Este aporte puede llegar a ser de 50 a 100 kg por hectárea. Así mismo, no sólo se consiguen aportes de nitrógeno, sino también de otros elementos esenciales para el crecimiento óptimo de las plantas como pueden ser fósforo, potasio, calcio, magnesio y azufre, entre otros, los cuales se van absorbiendo durante su crecimiento.

La mejora respecto a la estructura del suelo se logra gracias al incremento de materia orgánica y al aumento de la porosidad del suelo, llevado a cabo por las raíces del cultivo. Esto consigue evitar una formación de una capa rígida en las zonas superficiales, además de mejorar la capacidad de infiltración del suelo, que a su vez se asocia con una mayor capacidad de retención de agua y un descenso de la escorrentía. Ésta reducción de la escorrentía redunda en un mayor aprovechamiento del agua, tanto de riego como de lluvia, además de en menores pérdidas de la parte más fértil del suelo por erosión, que puede producirse por acción del viento o del agua. La reducción de la erosión por acción del agua se debe a la resistencia al movimiento que se produce gracias a la presencia del cultivo cubierta, puesto que frena la velocidad de avance del agua, así como la capacidad de arrastre de partículas.

La presencia continua de raíces vivas durante la mayor parte del año, genera una serie de condiciones favorables para la presencia de micorrizas. Las micorrizas son asociaciones de tipo simbiosis mutualista, que se dan entre las raíces de diferentes plantas terrestres y ciertos hongos presentes en el suelo. Su existencia se descubrió en 1885, aunque entonces se pensó que eran casos excepcionales. Actualmente se cree que aproximadamente el 97% de las especies vegetales terrestres se encuentran micorrizadas. Se tiene también constancia de que los riniófitos, las primeras plantas terrestres que abandonaron el ambiente acuático, tenían hongos asociados a sus raíces, que facilitaron la colonización de un ambiente mucho más hostil, como era la tierra firme. Sin embargo, no todas las plantas aceptan la micorrización, es decir, existe una gama de tolerancia relacionado con ello. La planta, gracias al hongo, obtiene un incremento en la disponibilidad de nutrientes y un aumento en el volumen de suelo explotable, debido a la ramificación del micelio del hongo. El hongo puede también proteger a la planta de determinados patógenos y servir como puente de unión y transmisión de sustancias entre plantas. A cambio, el hongo recibe hidratos de carbono que proceden de la fotosíntesis y un nicho ecológico. Las micorrizas pueden clasificarse en ectomicorrizas, conocidas también con el nombre de formadoras de manto, debido a que se forma un manto fúngico en las raíces, del que surge una red de hifas intercelulares, que no llegan a penetrar en las células del hospedante; endomicorrizas, que a su vez pueden dividirse en vesículo-arbusculares, las cuales forman unas estructuras especializadas (arbúsculos), las micorrizas orquioides, que forman ovillos en las células de la raíz y micorrizas ericoides, en las que el hongo forma en las células de la raíz estructuras sin organización aparente; ectendomicorrizas, denominadas también arbutoides, presentan manto, red de Hartig y penetración intracelular similar a las ericoides. 

Una vez que la cubierta muere, si el residuo se queda en la superficie, se genera un acolchado natural que evita las pérdidas de agua por evaporación directa, reduciendo la nascencia de malas hierbas hasta que el cultivo principal pueda llegar a tener la capacidad suficiente como para cubrir el suelo. La reducción respecto a la proliferación de malas hierbas, que se da también durante el desarrollo de la cubierta, favorece una reducción respecto al número de labores de labranza necesarias.

Medio ambiente

Las ventajas asociadas al establecimiento de cultivos cubierta, relacionados con el medio ambiente se pueden dividir en dos grupos principales:

  • Aquellas relacionadas con una reducción respecto a las pérdidas directas de nutrientes y compuestos potencialmente contaminantes.
  • Las que se refieren a la capacidad para promover el secuestro, reduciendo la contaminación atmosférica con gases de efecto invernadero. Tal y como se ha explicado anteriormente,  existen cultivos que son capaces de retener en su biomasa vegetal metales pesados, nutrientes o compuestos procedentes de fitosanitarios, de manera que evitan que pueden lavarse hacia capas más profundas. Especialmente tiene importancia el efecto producido respecto al lavado de nitratos. Esto ocurre cuando al final de un cultivo comercial, como puede ser por ejemplo el maíz, tras la cosecha, queda en el suelo una gran cantidad de nitrógeno, producto de un uso excesivo de fertilizantes. Si se queda en el suelo durante el periodo otoño-primavera es muy habitual que de dejar el suelo en barbecho se pierda en gran medida por lavado de nitratos con el agua de lluvia. Esta pérdida puede darse también como consecuencia de una erosión superficial del suelo o por emisiones gaseosas. Las dos primeras dan lugar a la eutrofización de las aguas y la último a emisión de gases de efecto invernadero, que aceleran e incrementan el cambio climático. Los cultivos son capaces de reducir todas ellas, limitando la cantidad de nitrato libre en el suelo, puesto que es absorbido por las raíces y, por tanto, se pierde con mayor dificultad; y reduciendo el agua que se encuentra en el suelo, mediante los procesos de transpiración, disminuyendo así la cantidad de agua que podría drenarse, lo cual tiene también un efecto sobre la concentración de nitratos, puesto que estos se encuentran en el agua.

Respecto al ciclo de carbono estos cultivos también poseen un papel importante en relación a su fijación, puesto que aunque una parte del carbono fijado llega a perderse, liberándose a la atmósfera una vez que el cultivo comienza a descomponerse, una parte importante queda retenida. Esta retención se produce por acción de los microorganismos, que se nutren de la materia orgánica por fijación en fracciones de materia orgánica más estables a medio-largo plazo.

Otro aspecto a tener en cuenta es el incremento de biodiversidad del sistema, ya que los cultivos pueden servir como refugio para polinizadores, depredadores naturales y fauna del suelo. Sobre este tema podéis encontrar una publicación en nuestro blog llamada “fauna auxiliar” en la que se describen las ventajas de mantener la diversidad en los sistemas agrícolas.

Manejo

Puesto que no existe un método perfecto para introducir los cultivos cubierta en una finca, es necesario tener cuidado a la hora de seleccionar las técnicas que mejor se adapten a cada circunstancia, buscando siempre favorecer sus ventajas, sin potenciar los inconvenientes, logrando así un equilibrio de sostenibilidad económica y ambiental. El abanico de posibilidades es infinito, por lo que cada agricultor tendrá una solución más adecuada para su situación. Los puntos más críticos son:

  • Elección de la posición dentro de la rotación: el cultivo debe introducirse siempre y cuando se disponga de un periodo de tiempo lo bastante largo con las condiciones adecuadas para que le de tiempo suficiente a cubrir el suelo y desarrollarse. Por este motivo, tiene más lógica introducirlos a finales de verano, tras cultivos fuertemente fertilizados, que entre dos cultivos de cereal de invierno de secano.
  • Elección del método de establecimiento: al tratarse de cultivos cuyo fin no es el lograr una elevada producción, su posición en la rotación corresponde con los periodos más desfavorables del año, sin embargo, es necesario que puedan estar activos en los momentos de lluvias más fuertes. Por este motivo, lo más preferible es sembrarlos lo más próximo posible a la cosecha del cultivo precedente. Además, al tratarse de un cultivo que necesariamente no tiene un beneficio económico directo, es recomendable que la inversión respecto a la siembra y al manejo sea lo más baja posible. Debido a ello, en el caso de siembras tras el cultivo principal, puede ser recomendable realizar una siembra directa o incluso realizar un reparto de la semilla con una abonadora centrífuga, seguida de un leve paso de cultivador. En el caso de siembras previas a la cosecha del cultivo principal, ésta puede hacerse aprovechando labores de cultivador, como pueden ser el enterrado de malas hierbas o de fertilizante.
  • Elección de la especie: en este punto es importante establecer qué más nos interesa que haga la cubierta, además de las condiciones en las que se va a desarrollar. Los principales aspectos a tener en cuenta son la velocidad de establecimiento, el grado de tolerancia al frío y a la sequía, la capacidad y profundidad de extracción, la fijación del nitrógeno o el precio de la semilla, entre otros. En suelos en los que el contenido de nutrientes, tras el cultivo principal, sigue manteniéndose en unos valores altos puede ser más recomendable sembrar una gramínea, cuya velocidad de establecimiento y desarrollo será mayor. Por el contrario, en suelos más pobres, en los que se trate de mejorar la fertilidad, será mejor recurrir al cultivo de una leguminosa. En ocasiones puede ser incluso conveniente recurrir a la siembra de una mezcla de especies.
  • Elección de la fecha para la retirada del cultivo: podría considerarse incluso como el punto más crítico, puesto que es clave para evitar posibles competencias con el siguiente cultivo principal. Si se retira muy pronto es posible que la cubierta deje de hacer su función demasiado pronto. Sin embargo, de hacerlo muy tarde es posible que existan problemas con el cultivo principal respecto al consumo de agua y nutrientes, dando lugar a una competencia. En casos muy específicos puede esperar incluso a que la cubierta muera sola, lo que se da principalmente por ciertas condiciones climatológicas o porque se ha cumplido el ciclo completo del cultivo.
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