CAMBIO CLIMÁTICO

Introducción

Las concentraciones de gases invernadero, fundamentalmente de dióxido de carbono, han sufrido un considerable aumento de aproximadamente un 70%, desde los años 70. A lo largo del siglo pasado la temperatura aumentó en casi un grado. Unido a esto en el periodo de tiempo entre 2011 y 2015, según un informe que fue presentado por la Organización Meteorológica Mundial, publicado a finales de 2016, se registraron los cinco años más calurosos de los que se ha tenido constancia, en la totalidad de los continentes. Puede establecerse que la mayor parte del calentamiento se ha dado en los últimos 30 años. La tendencia a unas condiciones climáticas cada vez más variables lleva asociados cambios en los sistemas físicos y biológicos, cada uno de las cuales es cada vez más frágil. Los riesgos asociados a todo ello son complejos de calcular, de manera que con el tiempo se van viendo impactos generalizados, que se producen de manera abrupta e irreversibles. Algunos de estos impactos han podido observarse ya en relación a la agricultura, la salud humana y los ecosistemas (tanto terrestres como oceánicos), dando lugar a pérdida de cosechas, escasez de agua o aumento del nivel del mar, entre otros. 

La mayor parte de modelos obtenidos en relación al cambio climático apuntan a que, para finales del siglo XXI, se llegará a un calentamiento global con un aumento de temperaturas entre 2 y 5ºC y se dará un aumento de la precipitación global del orden del 5 al 25%, dependiendo del lugar. Aumentarán además la intensidad y frecuencia de fenómenos extremos como las olas de calor o las sequías.

España

España, al encontrarse situada en la cuenca mediterránea y ser una península, es uno de los países más vulnerables al cambio climático. La cuenca mediterránea es lo que se considera un punto caliente dentro del cambio climático. Se trata de una zona de transición localizada entre el norte de África y el centro de Europa. El clima es templado y húmedo durante el invierno, mientras que en verano es caluroso y seco, es decir, un clima árido, con ciertos procesos tropicales, interactúa con un clima de tipo templado y lluvioso. Cualquier tipo de cambio que pueda producirse en relación a la dinámica de la circulación general, posee efectos inmediatos en la región mediterránea, provocando cambios sustanciales, teniendo además un fuerte impacto directo. La agricultura, actividad de gran importancia en nuestro país, es la que más afectada se verá, de hecho ya comienzan a constatarse efectos en relación a la rentabilidad de explotaciones agrícolas y ganaderas, puesto que se encuentra fuertemente ligada a las condiciones climáticas y meteorológicas. El aumento de las concentraciones de dióxido de carbono en la atmósfera, junto con el incremento que están sufriendo las temperaturas, así como los cambios en las precipitaciones y la frecuencia de los fenómenos extremos, tendrá consecuencias sobre el volumen, la calidad y la estabilidad respecto a la producción de los alimentos, al igual que al espacio natural donde se practica la agricultura y la ganadería. Los cambios en las condiciones climáticas tendrán consecuencias en cuanto a la disponibilidad de los recursos hídricos, la prevalencia de enfermedades y plagas y el estado de los suelos. En casos extremos, se puede llegar incluso a la desertificación, es decir, a la pérdida total de la capacidad productiva de las tierras afectadas. De hecho el 80% del suelo está en peligro, en lo que queda de siglo, de desertificación. El mayor impacto atañe a los recursos hídricos, con alteraciones no solo en la disponibilidad, sino también en la calidad y la concentración de contaminantes. Han comenzado a verse problemas en la recarga de acuíferos y los caudales ecológicos, además de, por supuesto, respecto al agua disponible para el regadío en determinadas zonas. La España húmeda, que entre los años 1971 y 2000 ocupaba el 39% de la superficie total, con las previsiones disponibles actualmente, se verá reducida a un 20% al terminar el siglo XXI.

Dentro del Acuerdo de París, la Unión Europea se ha comprometido a reducir el 30% de sus emisiones de gases de efecto invernadero para el año 2030, tomando como referencia los niveles de 2005. Todos los estados miembros deben lograr una reducción de estas emisiones en función del PIB, de manera que a España le corresponde una disminución del 26%. Para conseguir alcanzar este objetivo es imprescindible poner en marcha una serie de actuaciones, de manera que se adopten métodos de producción y prácticas de cultivo que emitan menos gases de efecto invernadero, siendo, por ejemplo, más eficientes respecto a la fertilización con nitrógeno o llevando a cabo una gestión más óptima de los estiércoles.

Adaptación

Un proceso de adaptación puede definirse como el ajuste de los sistemas naturales o humanos que se da en respuesta a una serie de estímulos climáticos actuales o esperados, así como a sus impactos, logrando así que se reduzca el daño causado, potenciando además las oportunidades beneficiosas. En resumen, podría decirse que son las medidas necesarias para enfrentar las consecuencias negativas, aprovechando así los cambios positivos. En el caso concreto de adaptación al cambio climático, esta puede darse debido a diferentes iniciativas que pueden ser anticipadas, autónomas o planificadas. Las iniciativas anticipadas, conocidas también con el nombre de proactivas, son aquellas que se producen antes de que puedan llegar a verse los impactos del cambio climático. Las autónomas no constituyen una respuesta consciente a estímulos climáticos, y son provocadas por cambios ecológicas en los sistemas naturales, en el mercado o en el bienestar de los humanos. Las planificadas son decisiones deliberadas, que se basan en comprender que las condiciones han cambiado o están por cambiar, es decir, se dan en situaciones en las que se requieren una serie de medidas con el fin de volver a un estado concreto.

Puesto que en el caso de la agricultura, no es posible predecir los cambios específicos con exactitud, es necesario que se aumente lo que se conoce como capacidad de resiliencia o lo que es lo mismo, el mantenimiento de las funciones normales de un sistemas, independientemente de las condiciones inesperadas que puedan darse.

Entre las medidas que se están poniendo en marcha en los ecosistemas agrícolas se encuentran:

  • Acciones mínimas de laboreo en el suelo.
  • Ajustes o cambios en relación a las fechas y calendarios de siembra, así como respecto a las variedades de cultivo, minimizando así los riesgos climáticos.
  • Asociación de distintos cultivos en la misma parcela.
  • Uso de abono verde y reutilización de restos vegetales orgánicos en el suelo.
  • Disposición de infraestructuras verdes, como setos vivos, que ayuden a regular la temperatura dentro de la finca.
  • Construcción de embalses o algún tipo de reservorios de agua a los que se pueda recurrir durante las épocas de sequía.
  • Empleo de nuevas tecnologías y prácticas apropiadas, logrando así un aumento de la eficiencia de los sistemas de riego.
  • Cultivo de variedades adaptadas al cambio climático, las cuales pueden obtenerse a través de mejora genética de cultivos o recurriendo a variedades tradicionales.
  • Mantenimiento de terrazas de cultivo en terrenos que se encuentren situados en pendiente.
  • Siembra en curvas de nivel, favoreciendo el almacenamiento del agua en el suelo. Este tipo de cultivo se conoce con el nombre de cultivo en línea clave.
  • Tratamiento de plagas y enfermedades, mediante técnicas de manejo ecológico.
  • Uso de tecnologías de la información, aumentando la precisión en relación al manejo de los cultivos.

A todas estas prácticas, deben añadirse una serie de estrategias en cuanto a manejo del agua, como por ejemplo el incremento de la captación del agua de lluvia, la mejora de su almacenamiento y conservación, el desarrollo de sistemas que puedan garantizar una reutilización de aguas grises, la creación de programas de desalinización de aguas o la iniciación de estrategias que impidan que el agua salada llegue a los cuerpos de agua dulce costeros.

En resumen, podrían establecerse seis estrategias de adaptación que serían la mejora del reciclado de nutrientes en la finca/granja, la optimización respecto a la rotación, la mejora del sistema de laboreo, el mantenimiento de pastos, la incorporación de árboles en la finca (agroforestería o agricultura sintrópica) y, por último, la modificación de las labores como la siembra y la poda.

La agricultura ecológica tiene como objetivo el cierre de los ciclos de nutrientes, de manera que la mejora en el reciclado de los mismo en la finca o en la granja es importante. Para lograrlo debe recurrirse a la aplicación de compostaje, estiércol de ganado y otros materiales, que pueden obtenerse por ejemplo como resultado de la elaboración de vino y aceite; la producción de biogás a partir de los desechos líquidos de los animales, en caso de que los haya; aprovechamiento del material vegetal segado de leguminosas, de manera que posteriormente pueda usarse como abono o a modo de acolchado; y para finalizar, evitar que se produzca una pérdida de nutrientes por erosión.

El laboreo se basa en remover la capa vegetal del suelo, adecuando así el sustrato para el cultivo que va a establecerse, preparando también el suelo para eliminar arvenses. Lo ideal es perturbar lo menos posible la estructura, composición y biodiversidad del suelo, con el fin de disminuir la degradación y los procesos de erosión.

Sobre temas referidos a la rotación de cultivos, la agricultura sintrópica y otros aspectos como la asociación entre cultivos podéis encontrar publicaciones anteriores en el blog, donde se tratan de manera más específica.

Agrobiodiversidad

Entendida como la variabilidad entre los organismos vivos, que contribuyen a la alimentación y la agricultura. Dentro de los ecosistemas agrícolas la diversidad es clave, puesto que garantiza la presencia de enemigos naturales, claves para la lucha contra las plagas, lo cual constituye un servicio del ecosistema, a través de la acción de depredadores y parasitoides. Sobre este tema podréis encontrar una publicación completa, donde queda reflejada la importancia de la fauna auxiliar.

Reducción de la dependencia de combustibles fósiles

La dependencia del petróleo, a diferencia de lo que ocurre en el norte de Europa, en los países mediterráneos es muy alta, lo que hace que nos encontremos en una zona vulnerable a la hora de enfrentar una escasez de oferta una subida desorbitada de los precios del petróleo. Por este motivo es fundamental reducir la dependencia a los combustibles fósiles. Para conseguir esto, la conversión a una agricultura ecológica constituye un factor muy importante, puesto que el uso de fertilizantes sintéticos de nitrógeno está restringido, cuya producción conlleva un gasto elevado de energías no renovables. Unido a esto, un enfoque local en relación a las cadenas de suministro es otro punto de gran importancia, ya que de esa manera puede disminuirse el consumo de combustibles fósiles a la hora de transportar los productos, así como respecto al envasado de los alimentos.

 

Recent Posts

Leave a Comment